Literatura de cuarentena: “Borges y la resurrección de la literatura argentina (una fantasÃa)â€, de MartÃn Prieto
(AP)Ya es leyenda la mañana en la que Borges resucitó. TenÃa, en apariencia, 30 años menos que cuando murió, y treinta kilos más. Y, por el modo en que se desplazaba, habÃa recuperado la vis...
(AP)
Ya es leyenda la mañana en la que Borges resucitó. TenÃa, en apariencia, 30 años menos que cuando murió, y treinta kilos más. Y, por el modo en que se desplazaba, habÃa recuperado la vista. Según contaron después los empleados y los pocos visitantes que habÃa a esa hora en el Plainpalais, atravesó resueltamente el cementerio y, al llegar a la puerta, sobre la Rue de Rois, subió ágilmente a un taxi al que le indicó la dirección de la RTS. Quiso pagar el viaje con su reloj pulsera, según contó el chofer centenares de veces a los periodistas y a la policÃa. “Era de mi padreâ€, le habrÃa dicho. El chofer pensó que era un loco manso y no aceptó el trueque.
Eximido del pago, Borges subió con pasos enérgicos las escalinatas del canal de televisión, cruzó la puerta que se abrió en dos a su paso, se dirigió al encargado de la mesa de entradas y, citando una célebre frase de su aún más célebre ficción El Aleph, simplemente dijo: “Soy yo, soy Borgesâ€. El encargado, sobre su camisa colgaba una chapita con su nombre, Julien, era en realidad el suplente del empleado titular, que estaba con una licencia de doce horas para defender su tesis de postdoctorado en la que refutaba las infantiles y “para tontos†teorÃas de Stephen Hawking sobre los agujeros negros. Julien, por su parte, no habÃa logrado defender nunca la suya de doctor (ya ni se acordaba cuál era el tema ni la especialidad), porque habÃa trabajado desde niño y estaba condenado entonces a suplir, en todo nivel de maestranza, a sus brillantes precedentes que podÃan llenar los casilleros completos de las exigentÃsimas planillas del Excel laboral, condición indispensable para postular a todo puesto, hasta los de más baja escala. Aun asÃ, reconoció de inmediato al visitante: era un lector. Como tal, no se detuvo en los detalles (¿resucitó? ¿de dónde sacó el traje?). “Borgesâ€, le dijo admirativamente, y le extendió la mano, sabiendo que su interlocutor tardarÃa en extender la suya semioculta bajo la manga un poco larga de su saco. Y luego de las formalidades y muy atento al espacio donde estaba trabajando sólo y ocasionalmente por esa mañana, le dijo por lo bajo: “Esto es un noticiónâ€. “Por eso vine directamente acá, le contestó Borges. Para ahorrar intermediariosâ€.
Media hora más tarde, muy entrenado por las viejas entrevistas que le hacÃan en Grandes valores del tango, Borges se movÃa a sus anchas en el estudio principal de RTS 1. Ironizaba, se reÃa, se hacÃa el que no entendÃa bien las preguntas, mentÃa. Pero, contrariamente a la expectativa de su entrevistador, se negaba a hablar de los asuntos propuestos. ParecÃa, eso sÃ, estar informado (o simulaba estarlo, nunca se sabrá) sobre los temas de actualidad: Trump, Putin, les gilets jaunes, el coronavirus, el premio Nobel a Bob Dylan, cartas que el entrevistador sacaba del sabot y tiraba sobre la mesa como un croupier desesperado. Pero Borges las rechazaba a todas, en francés: “ne m’intéresse pasâ€. Cuando le avisaron a través de la cucaracha que la señal estaba siendo levantada en todo el mundo, el entrevistador cedió: ¿de qué querrÃa hablar el resurrecto? “De mis hermanos, dijo Borges. De los escritores argentinosâ€.
Habló dulcemente de Estela Canto. Recitó, era cantado, un poema de Enrique Banchs y lo cerró con un “lindo, ¿no?â€. Habló de los poetas gauchescos: “que no eran gauchosâ€, le aclaró con una sonrisa al confundido reporter, más confundido cuanto más trataba de disimular su confusión. Desde la producción del canal (no, a nadie se le ocurrió consultar al suplente de la mesa de entradas: ni siquiera era doctor) llamaron a la maître de conférences de la Université de Genève especializada en literaturas asiáticas, africanas y latinoamericanas para que tirara algunos nombres con los que seguir la conversación. “Rómulo Gallegosâ€, repitió como un loro el periodista. Borges siguió hablando solo, ahora de un gran argumento de Manuel Peyrou, “resuelto chambonamenteâ€. “César Vallejoâ€, dijo ahora Alain (se llamaba Alain). Borges, recordando a Bartolomé Hidalgo, dijo que los uruguayos eran argentinos que habÃan llegado tarde a sacar el documento de identidad (más tarde, los exégetas de su vida y de su obra llegaron a la conclusión de que ese chiste, que no cayó nada bien, lo habÃa aprendido en la ultratumba, o improvisado en ese momento). En todo caso, y luego de un tweet de disculpas que el presidente Alberto Fernández le enviara a medianoche a su par oriental, se llegó a la conclusión de que el exabrupto podrÃa haber sido producto del cambio de estado (de inerte a activo) del célebre escritor.
Finalmente, la profesora acertó con un “Roberto Arltâ€. Pero Borges fue severamente descortés: “ese rufiánâ€. La maître de conférences fue de inmediato reemplazada por la representante en Suiza y en la Franche-Comté de una importantÃsima casa editorial en cuyo catálogo figuraban tres autoras argentinas contemporáneas cuyos nombres la muchacha transmitió en directo a la oreja de Alain. Al escucharlos, Borges humedeció con la lengua el dedo mayor de su mano derecha y repasó un mÃnima raspadura de uno de sus zapatos de punta. Antes de que también la mandaran de vuelta, la joven editora, en un acto de desesperación, le hizo decir a Alain: “¡Roberto Bolaño!â€. El presidente chileno, Sebastián Piñera, que también seguÃa, como todo el mundo, la transmisión en directo, temió que por culpa de esa irresponsable pregunta, que ni siquiera era tal, Borges dijera alguna barbaridad sobre el paÃs trasandino que, peor aún, lo obligara a recibir –y a responder- un trasnochado tweet de Alberto Fernández. Pero Borges prefirió contar, simplemente, una anécdota sucedida en Santa Fe, cuando al bajarse del tren (lo habÃan invitado a dar una conferencia) vio –o entrevió, ya entonces era semiciego- la cartelera luminosa de un bar de enfrente a la estación, que intermitentemente encendÃa y apagaba su nombre: “Welcomeâ€. “No se hubieran molestadoâ€, les dijo Borges a sus anfitriones, quienes, según le contaba Borges a Alain y a todo el mundo, rieron con su ocurrencia con el mismo entusiasmo, cabrÃa agregar, con el que reÃa ahora él, recordando su discreta broma. Habló de Victoria Ocampo (“le debo más de lo que alguna vez estuve dispuesto a reconocerâ€); de Adolfo Bioy Casares (para sorpresa de todos, lo llamó “mi discÃpuloâ€); de Silvina Ocampo (“era un poco fofolleâ€); de Baldomero Fernández Moreno (“fue el primero en mirar alrededorâ€, frase que propició un inmediato intercambio de WhatsApp entre algunos oscuros especialistas rosarinos: “el viejo se está repitiendoâ€); de Carlos Mastronardi (recitó parte de su “Luz de provinciaâ€, se emocionó, se preguntó por qué habÃan dejado de verse); de Sarmiento (“los cipayos –usó esa palabra- que en mi paÃs abundan sostienen la influencia de la sintaxis y de la literatura inglesas en mi obra: pero mi numen no fue Shakespeare, fue élâ€); de Ricardo Rojas (“lo ignoré y lo maltraté, tal vez porque era feo, pero inventó el único paÃs en el que he querido vivirâ€).
La literatura argentina cambiaba de valor a pasos gigantes. Los dueños de las multinacionales echaban por las redes a sus gerentes cuando comprobaban que no tenÃa a un solo autor de los que hablaba Borges en sus catálogos. “Traduzcan a Mastronardiâ€, rugÃa un alemán. “Escriban una biografÃa sobre Peyrouâ€, ordenaba una francesa. “¿Quién es Peyrou?â€, preguntaba angustiadÃsima su empleada, que justo se habÃa perdido esa parte de la entrevista cuando llevaba sus hijos a la escuela. En la Argentina, los productores de televisión, con sus agendas cargadas de nombres de prestigiosos economistas, abogados penalistas, forenses, infectólogos, pediatras, sociólogos, psicoanalistas, todos dispuestos a sentarse a toda mesa redonda, a salir desde su casa, a opinar vÃa Skype o vÃa Zoom, no tenÃan el nombre de un solo especialista en la materia que se habÃa puesto imprevistamente de moda. Llamaron a los que tenÃan medio a mano, porque frecuentaban los estudios para hablar de otras asignaturas: Jorge AsÃs, Beatriz Sarlo, Santiago Kovadloff. Pero se habÃan ocupado tanto en destripar el crÃptico pensamiento de Cristina Fernández, en burlarse de la prosa de su libro Sinceramente, en preguntarse (fuera de cámara) si Kicillof era comunista ruso o revolucionario, que lo habÃan olvidado todo sobre la literatura argentina. Beatriz, más rápida que los otros dos, y desde la sala de maquillajes, luego de decir “Jodeme†cuando la anoticiaron de la resurrección de Borges, le pasó al productor una lista sucinta y selecta de especialistas en la materia que, ellos sÃ, no sólo podrÃan hablar de literatura argentina, sino que, además, daban bien en cámara. De la lista, el productor identificó solo a uno, a quien conocÃa no por sus libros (los productores no leÃan libros de ninguna especie) sino por verlo cada tanto en la cancha de Boca. Mandó de inmediato una cronista y una camarógrafa (en el canal, todo el personal –menos él- era femenino: a los hombres que ocupaban anteriormente esos puestos los habÃan fusilado, en un acto muy festejado, aun por otros hombres) a la casa de MartÃn Kohan.
El encuentro se produjo en la vereda: Kohan justo se iba a escribir a un bar. Y apenas encendida la cámara, se puso a recitar su monólogo favorito: “porque no era ocasión de decir ocho milâ€. Las pibas le explicaron que venÃan por otro tema, pero como Kohan va a la televisión pero no ve televisión ni está en las redes no estaba informado sobre la resurrección de Borges (y, por lo tanto, de la literatura argentina) y prefirió seguir su camino antes que perder el tiempo hablando de un tema irrelevante. Por suerte para los productores (las señales estaban transmitiendo todas a la vez, compartiendo las escasÃsimas fuentes) una movilera llamó desde un barrio de la ciudad de Buenos Aires: “¡Estamos con Jorge Monteleone!â€, dijo excitadÃsima. En todas las pantallas del paÃs apareció la imagen de un hombre enorme, apoyado contra el marco de la puerta de su casa, tomando mate, enfundado en un jogging gastado y calzando unas discretas pantuflas. Acostumbrados al emperifollamiento de los invitados habituales, uno del piso dijo al aire: “qué sencilloâ€. “Sencillistaâ€, corrigió Monteleone, en un chiste que, salvo los dos o tres enfermos de Rosario, nadie entendió. Aun asÃ, se explayó (le dieron cuatro minutos) sobre Leopoldo Lugones. Uno de los humoristas de uno de los pisos, hay dos o tres por programa, en este caso preferentemente hombres, lo despidió con un “muchas gracias, Jorge Montelugonesâ€. Todos rieron. Las chicas de los canales se pusieron de punta: hay que entrevistar a mujeres. Llamaron a Sylvia SaÃtta. DormÃa a esa hora. Tocaron el portero (unas corresponsales en Rosario) a Nora Avaro: “váyanse a la puta que las parióâ€, les mandó desde arriba. Otra movilera, en otro barrio de Buenos Aires: “¡Estamos con Alejandra Laera!â€. Laera, al aire, como pensando en voz alta, dudaba si convenÃa, a esa hora y para ese público, hablar de literatura y dinero, o de literatura y trabajo, o de literatura y cambio social, o de literatura y sexualidad (esa no la tenÃa muy estudiada, pero la tiró igual, a ver si las pibas se prendÃan). Las pibas se fueron. Nadie parecÃa estar sacándole ganancia (una vez más, habrÃa que decir) al camino que tan generosamente (y tan fantásticamente) les abrÃa Borges. Fabián Casas, otro acostumbrado a las cámaras, desaprovechó el momento hablando de su entrañable amistad con Vigo Montersen, que ya no le importaba a nadie. Probó, mientras las cámaras se iban, hablar del Gato Gaudio. Tampoco. Una se avivó y mandó un equipo a un bar de Flores, donde paraba César Aira. Aira miró largo rato a cámara, con cara de zapatilla, y no dijo nada. La movilera le preguntó a la camarógrafa, antes de irse: “¿este es o se hace?â€. “Una cita invisible (e inconsciente, en este caso) de Elvio Gandolfoâ€, dictaminaron los rosarinos, que la estaban pasando genial. Llamaron a MarÃa Moreno. Estaba sola, jugando al sapo en el patio del Museo de la Lengua (la convocatoria a las mujeres de la clase obrera para que fueran a divertirse cultamente a la institución habÃa fracasado de manera estrepitosa) y no quiso atender la requisitoria, temiendo, tal vez, que le preguntaran por esto último. Llamaron a Claudia Piñeiro: su asistente, un guapo muchacho de 25 años, dijo que estaba a esa hora en una clase de contact. Tuvieron que recurrir (“como siempreâ€, dijeron los rosarinos) a la vieja guardia. Sacaron, vÃa Zoom, desde los Estados Unidos, a Sylvia Molloy quien, salvo en la parte en la que le pareció obligatorio decir que era trilingüe y lesbiana, estuvo muy bien. Sacaron, por teléfono, a Jorge Panesi: irónico, divertido, puso en duda que ese que habÃa aparecido en la televisión suiza fuese Borges, pero qué más da, se preguntó, si estamos aquà conversando. “Claroâ€, le dijeron desde el piso mientras mostraban una foto que no era suya. Sacaron, también por teléfono (se ve que los especialistas eran muy reacios a dejarse ver, como si cuidaran su imagen más que los artistas de variedades) a MarÃa Teresa Gramuglio. Estuvo brillante. Preguntó, antes de cortar, si no habÃa noticias de que también hubiese resucitado Saer. Se lamentó de que no hubiera pasado. “TenÃamos algunos asuntos pendientesâ€, dijo cuando ya casi nadie la escuchaba.
Una semana más tarde, ya se habÃan reimpreso las obras de Borges (como completas y libro a libro, en versión bolsillo y deluxe), también las de Mastronardi (de quien se vendÃa suelto, además, el poema “Luz de provinciaâ€, acompañado por un pendrive con la célebre voz de Borges recitando “quien mira es influido por un destino suave/ cuando el aire anda en flores y el cielo es delicadoâ€). Las acciones de Victoria Ocampo crecieron imprevistamente (se reeditaron sus Testimonios) y las de Bioy Casares cayeron a pique (“¡ese farsante!â€, se decÃa, como si discÃpulo y farsante fuesen sinónimos). Y, como sus derechos estaban liberados, cuatro editoriales (dos de ellas de las llamadas “independientesâ€) reeditaron la Historia de la literatura argentina, de Ricardo Rojas, una con una banda que decÃa “Una obra fundamentalâ€, firmada por Sandra Contreras quien también, oh, Sandra, firmaba un severo y sin embargo entusiasta prólogo.
Los profesores de Literatura Argentina, acostumbrados a ver sus aulas semivacÃas, que incluso a veces se iban vaciando mientras ellos peroraban sobre Eugenio Cambaceres, Lucio V. Mansilla, Juana Bignozzi, Alejandra Pizarnik o MartÃn Gambarotta, se volvieron a poblar: todos querÃan saber. Y hasta los tristes sueños coloniales de esos mismos profesores (¿me invitarán alguna vez, un semestre, a dar un curso en Francia, en Alemania, en Italia, en Estados Unidos? ¿Conoceré un campus? ¿Tendré una oficina personal, con mi nombre en la puerta?) se volvieron realidad, gracias a la resurrección de Borges. Pero como el resentimiento acumulado por las aulas vacÃas y por la mala paga era de larga data, los profesores no se entregaron al imperio asà nomás: no se someterÃan a la humillación de aprender francés, inglés, italiano (ninguno era bilingüe). DarÃan las clases en su idioma original. En argentino. “Estoy remanija con el tema de hoyâ€, decÃa AnÃbal Jarkovski ante el multitudinario auditorio de la Universidad de Cambridge Los alumnos más avanzados anotaban en el chat comunitario: “manija: contento, excitadoâ€.
Fueron nuestros años felices. Y duraron lo que tarda un colibrà en mover sus alas trescientas veces.
Rosario, marzo de 2020
* El autor es profesor titular de Literatura Argentina II y director del Centro de Estudios de Literatura Argentina de la Universidad Nacional de Rosario
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